Home Análisis El orden mundial como referencia e incógnita
Orden-mundial

El orden mundial como referencia e incógnita

Análisis 1 / 2018

 

Enrique Fojón Lagoa

 

“Puede que la Historia universal sea la historia de un puñado de metáforas, Jorge Luis Borges, “Laberintos”

 

Introducción

Puede considerarse que, mayoritariamente, el pensamiento occidental en las Relaciones Internacionales (RRII) está dominado por el criterio de que la situación mundial es el resultado de diseño y planificación. Matt Ridley lo describe muy gráficamente: “Si existe un gran mito dominante en el mundo, un gran error que todos cometemos, un lado oscuro, es que todos creemos que el mundo es un lugar más planificado que en realidad es.”[1]

En tiempos de cambios “tectónicos” en la situación geopolítica mundial como los que se están viviendo, tanto académicos como analistas tratan de identificar referencias para analizar el nuevo contexto internacional de distribución del poder y diseñar posibles líneas de acción para actuar en un ambiente tan fluido. Normalmente, en ese proceso se opta por utilizar como referencia el concepto de Orden Mundial, algo así como una visión de la conducta entre los centros de poder mundial, de manera que resulte un ordo gratum, empleándose la geopolítica como método para el consiguiente análisis

La denominación Orden Mundial se asocia, narrativamente, con la idea de Paz, pero la Historia muestra que los Órdenes sólo excepcionalmente, se han constituido sobre pilares como la justicia o la Paz. Los ejemplos históricos de Órdenes impuestos por los vencedores de guerras son abundantes y sólo unos pocos, si se identifican como tales, lo han sido mediante el entendimiento y la cooperación. Debe recordarse que los conflictos entre Grandes Potencias generaron, en los dos siglos anteriores, cambios significativos en lo que podemos denominar Ordenes Mundiales. La emergencia de los Órdenes de Viena, Berlín, París, Versalles y Yalta, eran consecuencia de las guerras napoleónicas, la franco-prusiana, la de Crimea y de las dos Guerras Mundiales. Como apunta Nassim Nicholas Taleb: “La historia y las sociedades no se arrastran. Saltan. Van de fractura en fractura, con unas pocas vibraciones entre ellas. Pero creemos, junto con algunos historiadores, en lo predecible, progresiones en pequeños cuantía[2]. Lo que puede asegurar la Historia del futuro, es que nos sorprenderá.

La existencia de actores con diferentes intereses en un determinado contexto geopolítico lleva a la competición o a la colaboración de las potencias mediante el establecimiento de ciertos acuerdos que toman la forma de usos o reglas, con el fin de que prevalezca la colaboración. Es aquí cuando el concepto de Orden Mundial se configura como un mecanismo, ampliamente aceptado, de relación entre estados teniendo en cuenta poder y legitimidad. Asumiendo el sentido metafórico del término y partiendo de la premisa de que “un verdadero Orden Mundial nunca ha existido”, el profesor Henry Kissinger[3] lo enuncia de la siguiente manera:

“… describe el concepto mantenido por una región o civilización sobre la naturaleza de acuerdos admitidos como justos y de la distribución de poder considerada aplicable al mundo entero. Un Orden Internacional consiste en la aplicación práctica de esos conceptos a una parte sustancial del globo, lo suficientemente amplia para afectar al equilibrio de poder global. Los Órdenes Regionales implican los mismos principios aplicados a una determinada zona geográfica.

Kissinger adopta la acepción de sistema[4] para indicar que ambos se basan en “… dos componentes: un conjunto de reglas, aceptadas de común acuerdo que definen los límites de lo que se considera permisible en la actuación y un equilibrio de poder que fuerza a la contención en la actuación cuando las reglas se conculquen, previniendo que una unidad política subyugue a las otras. El consenso sobre la legitimidad de las reglas en vigor que, ni en el presente o en el pasado, ha evitado competiciones o confrontaciones, pero ayuda a conseguir la estabilidad si se efectúan ajustes dentro del orden existente en vez de retarlo. El equilibrio de fuerzas por sí mismo, no asegura la paz pero se concibe e invoca, pudiendo limitar el alcance y la frecuencia de problemas de importancia.

Y añade: “Para ser sostenible, cualquier Sistema de Orden Mundial debe ser aceptado no solo por los líderes sino también por los ciudadanos. Debe de reflejar dos certezas: orden sin libertad, incluso si se sostiene mediante momentánea exaltación, finalmente crea su propia reacción; pero la libertad no puede sostenerse sin un marco de orden que mantenga la paz. Orden y libertad, a menudo descritos como polos opuestos en el espectro de la experiencia, deben entenderse como interdependientes”.

El “concepto” que expone Kissinger, normalmente materializado de forma evolutiva mediante varios “Órdenes Internacionales”, implica el establecimiento de una percepción de normalidad o estabilidad en amplias zonas del planeta, que se materializa por un consenso tácito o explícito entre los actores internacionales. Por ello, las normas y el equilibrio de potenciales, no sólo militares, son elementos de conveniencia para las partes y cuya pervivencia es circunstancial debida a la mutación de contextos y, por lo tanto, la potencialidad de causas de conflicto es consecuencia de la naturaleza compleja del Orden. Así, el Orden Mundial, o los Internacionales, pueden contemplarse como un mecanismo para modular la “anarquía” internacional en unas circunstancias determinadas. Así, lo que podía considerarse la “estructura” de un Orden Mundial es tanto normativa como material pero en opinión de Charles Hill, la naturaleza del sistema debe considerase “procedimental” no “sustantiva” o, lo que es lo mismo, no dogmática e irreversible. Lo asemeja a un sistema abierto, reconociendo un grado de entropía variable y permanente dado que depende del ejercicio interesado del poder.

Esto se traduce en la adhesión de la conducta de los actores a un mínimo número de principios y procedimientos, que haría posible, para estados e instituciones internacionales, la práctica de relaciones pacíficas, aunque pudiesen tener grandes diferencias, incluso antagónicas, en valores y objetivos.[5] Esta situación es a lo que metafóricamente se viene aludiendo como “Comunidad Internacional” Aunque el concepto se percibe con vocación de permanencia, no se debe caer en la tentación de creer que nuestro mundo es resultado de la planificación, confundiendo causas con efectos. Normalmente se describe el mundo como un ámbito que estuviese a cargo de personas e instituciones, cuando no es así, porque las personas cambian y las instituciones decaen o mutan.[6]

La conveniencia, o intereses de los actores, que es el factor que conforma el aspecto normativo de un Orden, se acopla a la existencia de la condición de “equilibrio de poder” o decae por su ausencia. Este “equilibrio” no es posible sin el ejercicio de la capacidad de influencia por las partes, en forma de capacidad de disuasión mediante la demostración volitiva del empleo de las capacidades materiales o de la aplicación directa de ese poder, por parte de los actores, en sus aspectos diplomático, económico, militar o informativo, son imprescindibles para la conformación del Orden.

Históricamente, las transiciones de cambio de Orden Mundial han sido mayoritariamente traumáticas, consecuencias de guerras tales como, en el ámbito europeo, la Paz de Westfalia, el Concierto de Viena o la Carta del Atlántico, aunque existen ejemplos, algunos recientes como en la situación de la Posguerra Fría en que los conflictos se mantuvieron localizados y se impuso la hegemonía estadounidense. Teóricamente, el cambio de Orden Mundial implica el de sus elementos componentes: el conjunto de reglas y la taxonomía del equilibrio de poder, acción que constituye un problema de alta complejidad en el que la identificación y concienciación del cambio es uno de los elementos básicos para detectar cambios. El elemento normativo puede que consensuarse explícita o implícitamente, pero el equilibrio de poder es un elemento material de “valoración subjetiva” en permanente constatación ya que depende de cómo se visualicen las amenazas por parte de los actores en relación con los intereses.

El quebrantamiento normativo conlleva al protagonismo pleno del equilibrio de poder, aboca a la instabilidad y crea situaciones de conflicto. La Historia muestra que los Órdenes son configurados por las Grandes Potencias y adoptados por estados menos poderosos, porque las normas o los usos no son ajenos al ejercicio del poder, dado que pueden imponerse. Cuando emergen nuevas Potencias, o a las ya existentes no les satisface el Orden vigente, tratarán de imponer principios diferentes a los existentes que apoyen sus intereses. En este sentido las instituciones internacionales y procesos de sistema de la Posguerra Mundial, son mejor entendidos si se contemplan como mecanismos para sostener la amplia esfera de influencia estadounidense que se conoce por el eufemismo de “Orden Internacional Liberal”.

Para el análisis y gestión de los Órdenes, la herramienta válida es la Geopolítica que engloba geografía, política, gobierno, economía e historia. Por lo tanto, la noción es muy amplia y fue profusamente empleada a final del siglo XIX, pero las prácticas geopolíticas reales ya habían empezado mucho antes cuando los europeos tuvieron que enfrentar sus problemas en el resto del mundo. La Geopolítica relaciona el ambiente físico (geografía) con la distribución del poder (política), asume la relación entre ambas, es dinámica en su evolución y neutral en su formulación. Dado que el estado es la unidad política por excelencia, también se constituye en el actor geopolítico principal.

Robert Kaplan[7] identifica el ámbito de la geopolítica como aquel que trata de la influencia de la geografía en las relaciones entre grupos humanos. De acuerdo con John Agnew[8], la Geopolítica es la visualización del mundo desde un Estado, como suprema expresión de organización política, en términos de zonas geográficas, recursos naturales y accesos marítimos, en competición con otros estados por esas zonas o recursos. Para Colin Gray, la Geopolítica es el significado político de la geografía[9].

También desde el ámbito del social constructivismo, se hace referencia a la geopolítica crítica[10], aquella que no sólo se conforma en torno al enfoque clásico, basado en extensión y posición geográfica, sino que se centra en la política global con referencia a las relaciones de poder entre los estados y la posición, en una determinada situación, de uno de ellos. Sirve de instrumento a los políticos para definir las percepciones del país propio o de los otros, así como para fundamentar visiones que conformarán futuras percepciones bases de sus políticas. Su base constructivista se pone de manifiesto cuando apoya que los discursos y declaraciones en los foros formales tienen valor para conformar las RR.II.

Desde un punto de vista práctico, el ámbito de la Geopolítica se identifica con una determinada conducta en la competición por el poder entre potencias enmarcadas en su situación geográfica. En este sentido, Geopolítica y Estrategia se sobreponen ya que la clara definición del interés nacional, que viene determinada por el contexto en una coyuntura concreta, es donde se pone en valor la relación estratégica mediante la identificación de las relaciones de poder y antagonismo entre actores.

La actividad del actor geopolítico se efectúa en el ámbito estratégico, asumiendo por estrategia su conducta intencionada originada en la configuración del contexto en que va a tener lugar y con el propósito de obtener determinados resultados y objetivos, en función de sus intereses, que motivan su actuación. Pero para que esa acción tenga oportunidad de alcanzar las intenciones (objetivos), debe estar informada por una continua evaluación estratégica del contexto relevante en el que tiene lugar la actividad y al que, consecuentemente, afecta. Para determinar su conducta, el actor emplea factores materiales e ideas como instrumentos para enfrentase a la complejidad de los contextos. En el ámbito cognitivo, la información nutre el conocimiento para estructurar el entendimiento de las consecuencias de las posibles acciones, relacionando intereses y medios. Si la evaluación se deduce la existencia en el contexto de otro actor antagonista, la estrategia se constituye en instrumento de competición. Es en este punto donde geopolítica y estrategia se asocian

La cualidad de actor estratégico, el agente, se puede contemplar desde dos perspectivas. Una básica desde su capacidad, poder, para implementar la estrategia, que se materializa en un plan designado para alcanzar intereses propios convertidos en intereses materiales, en el contexto internacional. Por otra parte, la cualidad viene determinada por el reconocimiento de su influencia por otros actores estratégicos en los asuntos internacionales. Por ello el protagonismo del actor, su existencia, se pone de manifiesto mediante la autonomía de su actividad en la configuración, o su influencia, del equilibrio de poder en el Orden Internacional o Regional.

Los “impulsores” de las globalizaciones

“Fue el mejor momento, fue el peor de los tiempos… fue la primavera de la esperanza, fue el invierno de la desesperación, teníamos de todo delante de nosotros, no teníamos nada …” Charles Dickens, “Historia de dos ciudades”

En contra de las apariencias que apuntan a que son los líderes políticos los que cambian los Ordenes Mundiales, es la propia evolución de la situación mundial la causa que provoca el cambio, algo que en un determinado espacio geográfico, o global, depende, principalmente, del comportamiento de tres factores “impulsores” (drivers) o causas emergentes e inexorables: tecnología, demografía y economía. La sinergia resultante de la interacción cambiante de estos elementos, configurados como un sistema complejo[11], induce a la reconfiguración de los centros de poder y, por consiguiente, a los cambios en la situación internacional, siendo las Grandes Potencias los actores principales. Las interacciones de este conjunto, como tal sistema complejo, sigue un comportamiento impredecible, siendo, por lo tanto, la incertidumbre de su conducta la principal característica.

La tecnología es el factor material que permite y fomenta la “conectividad” entre los humanos, reduciendo la relación espacio-tiempo en sus relaciones y posibilitando, de esta manera, lo que se ha venido a denominar “globalización”, entendida como el efecto de una alta capacidad de compartir ideas, intercambiar mercancías y servicios, y permitir el movimiento de personas o grupos en forma de relación o de migraciones, a escala mundial, también se alude a ellas como Revoluciones Industriales, que pueden tomarse como causa o efecto de la “globalización”.

En este contexto, una “Revolución” se entiende como un cambio disruptivo de la forma en que vive la gente y en el funcionamiento de la economía; afecta, virtualmente, a cada uno de sus sectores. Una Revolución Industrial es el resultado de innovaciones que se transmiten e impactan en todo tipo de actividad económica. Algunos se adaptan, otros no y fracasan. Aparecen nuevos e inimaginables formas de mercado y esos cambios llevan a la creación o la desaparición de completos ámbitos laborales.[12]

Los cambios tienen lugar progresivamente. Lleva décadas de invenciones expandir las novedades tecnológicas y procesos en el tejido industrial. Poco a poco las innovaciones se materializan y las industrias y tareas, los productos y servicios que adquieren los consumidores se transforman. Mientras tiene lugar la Revolución existe un crecimiento económico y salarial limitado, algo que se acelera cuando se impone el nuevo paradigma.

Así, en la situación actual con la “explosión tecnológica”, se va configurando como la Cuarta Revolución Industrial basada en la computación.

Las denominadas “globalizaciones” se han sucedido en la Historia; una importante tuvo lugar entre los Siglos XIX y XX impulsada por innovaciones tecnológicas[13] como la máquina de vapor, el motor de explosión, el telégrafo, la electricidad, el aeroplano, avances médicos, etc., que afectaron substancialmente a las relaciones entre grupos humanos en aspectos como el comercio global y las migraciones, promoviendo relaciones de cooperación y competición hasta alcanzar niveles propios de la polemología; puede considerarse la Gran Depresión como el fin de esta Globalización. En la transición ente los siglos XX y XXI se ha reproducido el fenómeno globalizante teniendo su acepción dominante en la descrita por Robert Kaplan como “más allá de la desaparición de fronteras es la adopción global de la forma de capitalismo y prácticas de gestión estadounidenses que, junto con el avance de los derechos humanos (concepto occidental), permite las formas más eclécticas de combinaciones culturales, difuminando a la vez la histórica división entre Oriente y Occidente”[14].

Para exponer las interacciones de los factores “propulsores”, se empleará la situación mundial actual. En los dos últimos años, en demografía se ha configurado un rasgo tendencial inédito, la población mundial envejece y se contrae. Es el resultado del efecto acumulativo del aumento de la esperanza de vida, por el avance de la medicina, y el decaimiento de la tasa de nacimientos. Una de las motivaciones que está tras los efectos de esta tendencia está en el cambio mundial de modelo productivo que afecta a la estructura familiar. El modelo de familias numerosas era propiciado por sociedades agrarias, demandantes de mano de obra, no adecuadas para los actuales ámbitos urbanos. Por otro lado, la incorporación en masa de la mujer a los ámbitos educativos y laborales, retrasa la maternidad con la consiguiente reducción del periodo de fertilidad. En China y en el mundo desarrollado el número de hijos por mujer se sitúa entre uno y dos, mientras en el mundo en vías de desarrollo es de 3 a 6. En tasa de envejecimiento, el del mundo en vías de desarrollo sólo está en dos generaciones por detrás del desarrollado. Si la tendencia continuase, en el año 2050 el número de habitantes mayor de 60 años será superior al de los menores de 14.

En el ámbito económico las consecuencias de las “globalizaciones”, impulsadas por Revoluciones Industriales, son siempre profundas e impredecibles, sirviendo de catalizador de migraciones y de los cambios sociales y políticos. Los últimos tiempos han sido testigos de un desplome del precio del coste del transporte entre los centros de producción y consumo, a la vez que desde el mundo desarrollado el conocimiento tecnológico, sobre todo la computación, se ha “contagiado” a los países en desarrollo. En un mundo estrechamente conectado, los países en desarrollo han sido capaces de emerger y adherirse a las cadenas globales de comercio con productos de todo tipo, en competencia con lo de los países desarrollados.

Ejemplo elocuente de la labor transformadora de la “globalización”, en su aspecto económico, con consecuencias geopolíticas, es la importancia adquirida por China, cuya entrada en el comercio mundial aportó decenas de millones de nuevos consumidores y productores, junto con la tendencia que comenzó hace dos decenios del relativo declive de la importancia económica de los países avanzados. Este hecho se confirmó al comienzo del segundo decenio del siglo, cuando el PIB de los países desarrollados llegó a representar menos de la mitad del PIB mundial en términos de capacidad adquisitiva. Aunque las previsiones del Fondo Monetario Internacional (IMF) de un aumento del PIB global del 3,6%, en el periodo 2017-18, significaría un aumento de 0,4 sobre el bienio anterior y un retorno a la cifra de 3,5% de la década de 1990, algo que podría percibirse como el final de los efectos de la crisis.

Junto a la “normalidad” de esas cifras está la “anormalidad” de la economía mundial si contemplamos la distribución de ese crecimiento. En las economías desarrolladas se preveía un crecimiento del 2% en el presente bienio, lo que representa una mejora evidente del 1%, aunque desigual en su distribución con los Estados Unidos un 2,4%, Europa un 1,7% y Japón un 0,9%, esperando que no llegase al anunciado. Por el contrario, el denominado Mundo en Desarrollo se preveía que crezca a un ritmo del 4.6%, casi el doble que las economías desarrolladas, pero concentrándose en India (7,5%) y China (6,4%), mientras América con un 1,5% y Rusia con 1,4% quedan atrás. Esta tendencia está conforma una nueva realidad mundial que difiere del periodo entre 1980 y el comienzo de la crisis en 2008, cuando el PIB de los países desarrollados representaba el 59% del total mundial. Las previsiones del IMF para 2018 revertían el dibujo, los países en vías de desarrollo son los que alcanzarían el 59% del PIB mundial. Este escenario refuerza la posición de China en el mundo, el discurso del Presidente Xi Jinping, en el Foro de Davos, de 2017 fue el de un hegemón creciente, abogando por una economía global y abierta, que recordaba el discurso americano durante el tiempo de esplendor de los Estados Unidos.

El resurgimiento de China y de una de quincena de economías, como India, Tailandia e Indonesia, que juntas representan la mitad de la población mundial, reconfigurará sustancialmente la configuración de la demostración del poder mundial. El avance industrial de China ha sido gigantesco y se ha ganado su gran posición, algo que no hubiese sido posible sin el contexto geopolítico mundial creado por la hegemonía liberal estadounidense en la Postguerra Fría.

La crisis financiera de 2008, desató la de la deuda soberanas en Europa y marcó el comienzo de una recesión económica de escala global. Ante ello, muchos países adoptaron medidas proteccionistas contra la inestabilidad y la competencia internacionales. Esta situación provocó el retraimiento del crecimiento y alimentó el proteccionismo, conformando una dinámica de introversión y conflicto no vista desde hacía mucho tiempo, situación que se le viene denominando “desglobalización”. La inicialmente anunciada política económica de la Administración estadounidense y su convulsiva puesta en práctica, en contra de los acuerdos comerciales regionales como el Trans-Pacific Partnership Agreement (TPPA), o la reconsideración del North American Free Trade Agreement (NAFTA), son prueba de ello.

En 2009 la contracción de la economía mundial fue de casi un 2%, lo que llevó a la percepción que podría iniciarse la recuperación, algo que desmintieron los hechos en los años siguientes al no llegar el crecimiento anual al 3%. A su vez, un marcado declive en comercio ha acompañado al económico. Lo normal venía siendo que el crecimiento comercial duplicara al económico, pero las previsiones de la Organización Mundial de Comercio (WTO), de Septiembre de 2016, apuntaban en que estaría por debajo de aquel. El aspecto global de la financiación también se ha resentido; el flujo de capitales se podía fijar en hasta un 15% del Producto Bruto Global antes de la crisis de 2008, ha retrocedido hasta un 5%, lo que supone un retroceso a niveles de mediados de la última década del Siglo XX. El estancamiento financiero, promueve el consecuente retraimiento de los préstamos bancarios y de bajos intereses.

Los hechos demuestran que las “globalizaciones” aunque, ideologizadas, normalmente son consideradas sinónimos de progreso y de ventajas con carácter general, en realidad son procesos de cambio profundo, con progresos y regresos a cuya génesis y desarrollo, se le pueden asignar la cualidad de “incertidumbre radical”[15], lo que significa que con análisis estadísticos o fórmulas matemáticas no pueden articularse respuestas apriorísticas a la problemática presentada por esas situaciones. Los hechos demuestran que, socialmente, se ha formado un mundo diferente al anterior a la Gran Crisis Financiera de 2008, con un enérgico dinamismo en el “Mundo en Desarrollo” que contrasta con la titubeante marcha de los países desarrollados.

Como ha quedado expuesto, “la globalización”, en su acepción más empleada, se basa en una situación deseable de integración económica y de igualdad entre individuos y sociedades. Al abrazar una ideología de globalismo, las élites occidentales han provocado una reacción nacionalista en sus países. Al contemplarse como un proceso imparable, sirviendo de base ideológica, aunque científicos como Huntington, en el caso de Estados Unidos, se han opuesto con argumentos como el cultural que consideraba más fuerte que la inercia aparentemente integradora de la globalización, lo que provocaría conflicto. En 2004, y refiriéndose a Estados Unidos, expuso que sobre la identidad nacional comparada con otras identidades y el percibido apropiado papel de América en el mundo, existe un abismo entre elites de la nación y el gran público. Parte substancial de las élites, afines a la narrativa en uso “globalista”, de hecho, progresivamente se divorcian de su país y, como resultado, apunta una separación de parte importante de la población americana se aleja de su Gobierno.

Estas situaciones dan pie a las ingenierías sociales. Entre los efectos económico-sociales negativos de la presente globalización en el mundo, conceptualizado en Occidente, por su influencia política, es la constante y progresiva entrada de gran cantidad de personas en lo que Guy Standing denomina el “precariado” (precariat), que lo describe como “una criatura de la globalización” que, a medida que esta procede y “mientras gobiernos y empresas compiten en hacer sus relaciones más flexibles, se multiplica el número de personas inmersas en formas inseguras de relaciones laborales. Esto no viene determinado tecnológicamente. A medida que la relación flexible se extiende, las desigualdades crecen y la estructura de clase que sustentaba la sociedad industrial dio paso a algo más complejo, pero no menos basado en clases…. Pero la política cambia y las respuestas de las empresas a los dictados del mercado de una economía globalizada generan una tendencia alrededor del mundo que nunca fue prevista tanto por los neoliberales u otros líderes que implantaban esas políticas[16]. Este “dark side” de la globalización es el germen de lo que se conoce con un término de contornos evanescentes como es “populismo”. En esta situación, el lado del ser humano que se presenta no está expresado en absolutos, como altruismo y egoísmo.

El mundo basado en las tradicionales “clases” parece haberse desvanecido, la dicotomía “izquierda” – “derecha” se difumina, los seres humanos no son o absolutamente altruistas o egoístas, se viene a implantar el criterio de cooperadores condicionales y altruistas exigentes. Algunos autores contemplan el concepto de fuerte reciprocidad que la definen como “una predisposición para cooperar con otros y castigar (aun a un coste personal si es necesario) a aquellos que violen las normas de cooperación, incluso cuando no es plausible que los costes esperados sean repuestos más tarde” [17]

Como es evidente, los avances tecnológicos influyen profundamente en los ámbitos de la demografía y la economía al aumentar la supervivencia humana, la capacidad de desplazamiento de personas y coadyuvan a la creación de riqueza, pero pueden actuar como elemento independiente como ponen de manifiesto las denominadas “nuevas tecnologías”, aquellos desarrollos tecnológicos y sus aplicaciones, centrados en los procesos de comunicación, que han creado su propio ámbito. El ciberespacio es el nuevo dominio de actividad internacional, su instrumento es el internet, sin centro ni jerarquía, sin posibilidad de planificación. A pesar de su desorden, el escenario de relación no es caótico, es un fenómeno evolutivo que, desde su complejidad, tiende a una ordenación espontánea, sin diseño previo. Sirve de medio de cooperación y conflicto, con enorme influencia en la conformación de percepciones de masas y las consiguientes consecuencias en la toma de decisiones. La información siempre ha formado parte del poder, pero mediante los avances tecnológicos, se ha ido conformando como una potente arma.

En la última década del Siglo XX, el advenimiento de Internet y la puesta en servicio de la World Wide Web fueron desde Occidente voluntaristamente considerados como un hito de apoyo a la difusión de la democracia. Con amplia información fácilmente accesible y barata, grandes segmentos de población son capaces de participar en ámbitos que, hasta entonces, le estaban vedados, incluido el político. A primeros de Siglo, el desarrollo de las “redes sociales” implantó la percepción de que esta tendencia globalizante se consolidaría, dado que posibilitaría la movilización de masas como fueron las “revoluciones de color” o la Primavera Árabe. Pero el instrumento es neutro y sus efectos dependen, tanto de las intenciones de sus utilizadores como del azar. Algunos estados, y actores no-estatales utilizan las redes para inundarlas de información afín a sus intereses con fines políticos, entre otros medios procurando que las percepciones dominen sobre los hechos, lo que se conoce como post-verdad[18].

Evan Williams, uno de los fundadores de Twitter declaró al The New York Times en Mayo de 2017, “Pensé que si cualquiera podría hablar libremente e intercambiar información e ideas con los demás, el mundo se convertiría automáticamente en un lugar mejor. Estaba equivocado”.

Las acciones de los “impulsores” del Orden Mundial no son, intrínsecamente, ni buenas ni malas, conforman contextos internacionales que, como Kenneth Waltz[19] afirma, constituyen sistemas anárquicos, como resultado de su naturaleza compleja. La denominación Orden Mundial es una contradicción en términos, pues trata de proporcionar una base de previsibilidad y regularidad a un contexto de anarquía estructural, con la vocación de constituir un elemento que debe actuar de autorregulador del sistema. Es importante tener presente que su idoneidad o perjuicio depende de cómo afecten a los actores estratégicos que, a su vez, tienen capacidad de influir en los acontecimientos, lo que es un caso de lo que se conoce en Ciencia Política como la relación entre agencia y estructura. Los contextos conforman las situaciones socioeconómicas y estas derivan en condicionamientos políticos que, tanto en los ámbitos internos como externos, producen cooperaciones o competiciones, a nivel internacional, cuyos protagonistas son los actores estratégicos. Hay que tener presentes que mientras las cooperaciones tienden al equilibrio las competiciones son, por naturaleza, “escalables”.

Las dinámicas de los Órdenes Mundiales

“Para cada problema complejo siempre existe una solución simple… y es errónea” (Atribuido a H.L. Mencken)

Tras las guerras de la primera mitad del Siglo XIX, las potencias mundiales buscaron el establecimiento de directrices, usos e instituciones que asegurasen orden y paz. Se confió para ello en el denominado “equilibrio de poder” entre las potencias y en el concepto de ¨legitimidad”, lo que degeneró en un cúmulo de Alianzas que, aunque mantuvo la paz por décadas, no impidió el conflicto. Tras la Primera Guerra Mundial, el Presidente de los Estado Unidos, Woodrow Wilson lideró un esfuerzo, el “New World Order”, que garantizaría la paz y estabilidad mundiales, que se institucionalizó mediante la creación de la Liga de las Naciones, cuyo fracaso se hizo patente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La enorme destrucción y sufrimiento producidos por el conflicto llevó a la Carta del Atlántico y a la fundación de las Naciones Unidas, predicándose un Orden basado en principios como soberanía nacional, no intervención y cooperación: una “legalidad”. Este nuevo Orden se distinguía de los anteriores por su amplia institucionalización. Decenas de organizaciones se hicieron cargo de la gobernanza de ámbitos internacionales como salud, comercio, medio ambiente, desarme, etc.

Al mismo tiempo que se iniciaba el desarrollo de la Organización de las Naciones Unidas, se consolidaban dos superpotencias, los Estado Unidos y la Unión Soviética, por lo que el Orden Mundial, con un “equilibrio de poder” bipolar en esencia, se constituyó en tres amplios Órdenes Internacionales referidos como “Mundos”, agrupando a los estados en tres campos: los liberales democráticos en Occidente, Orden Mundial Liberal, “Pax Americana” o Primer Mundo y los comunistas en el Este, denominándose Tercer Mundo el resto. El equilibrio de poder entre los dos Bloques se materializó mediante la amenaza militar nuclear, en lo que ha venido a denominarse “Guerra Fría”.

El Orden Liberal Occidental se fundamentó en lo que llego a ser un “imperativo moral”: los derechos humanos y los peligros del nacionalismo. En su lugar se impuso la necesidad de la cooperación que dio paso a un Orden Internacional de integración política, económica y militar. La desaparición de la Unión Soviética, oficialmente el 25 de Diciembre de 1991, pareció validar las presunciones internacionalistas al cambiar radicalmente la configuración global de las relaciones de poder, situación que al ser dominada por una única superpotencia, pasó a tener la apariencia de ser un Orden Mundial Unipolar, lo que Krauthamer denominó el “momento unipolar”[20]: “El centro del poder mundial es la superpotencia invencible, los Estados Unidos apoyado por su aliados occidentales”.  

Según William C. Wohlforth[21], la visión de la llegada de un periodo de poder absoluto para los Estados Unidos llevó a Washington a preparar, en 1992, una Gran Estrategia que, de acuerdo con el contexto, preservase la unipolaridad y evitase la emergencia de rivales. Era la expresión de la teoría neorrealista “ofensiva”. Pero el proyecto fue puesto en cuestión bajo el argumento de que cualquier esfuerzo para preservar la hegemonía era utópico y peligroso. Se desistió del proyecto y se sustituyó por una narrativa en la que se evitaban expresiones duras de hegemonía, que se empleaban para referirse a ella como la de “nación indispensable” o “líder”.

Esta circunstancia, argumenta Wohlforth, daba credibilidad a la creencia que la unipolaridad era un Orden insostenible y peligroso. Ponía de manifiesto el hecho de que la mayoría de los académicos, cuando trataban la unipolaridad, focalizasen primordialmente su rápido previsible declive; los neorrealistas “defensivos” la consideran la menos estable de las estructuras internacionales porque la concentración de poder lleva a los competidores a actuar para reponer el equilibrio. Otras tendencias admiten que el poderío estadounidense era un activo para la paz, pero dudaban de la pervivencia de tal situación. El denominador común de ambas opiniones es que esta situación de preeminencia era frágil y fácilmente demostrable por la acción de otros estados.

La Unipolaridad tras la Guerra Fría, puede considerarse un periodo excepcional pues es problemático considerar el “momento Unipolar” un verdadero Orden Mundial, ya que para establecerse se necesita la aquiescencia de sus componentes, admitiendo usos y formas, algo que no ocurrió, que podría contemplarse como un fugaz Orden Internacional hegemónico que mutaba constantemente. Por ello el “momento Unipolar”, cada vez se considera más como una situación temporal, una transición entre Órdenes Internacionales. Prácticamente, la hegemonía americana se desarrolló en un ambiente de euforia Occidental, donde la percepción imperante consistía en la creencia de que la política era infinitamente modelable y que, tras milenios de conducta irracional y violenta, la humanidad había alcanzado la madurez, las instituciones y la ley internacionales impondrían el orden.

En el periodo 1991- 2008, el paradigma ideológico internacionalista se convirtió en un silogismo categórico de Occidente siendo sus premisas: mayor integración y comunidad de intereses, lo que llevaba a la conclusión menor probabilidad de conflicto. Traducido a corolario: a mayor conectividad más prosperidad, más riqueza, más y más democracia; apoyado en el amplio respeto a los derechos humanos: más Paz. Los principales partidos políticos occidentales pasaron a ser internacionalistas, con raras excepciones, la izquierda defensora de la justicia social y los conservadores promotores del libre mercado, en general se abrazaron enfáticamente el internacionalismo, diluyendo las esencias de las diferencias políticas y, con ello de los intereses nacionales. Los de izquierda lo contemplaron como el mecanismo de creación de parámetros globales de comportamiento político y la derecha el crecimiento de riqueza mediante el comercio.

Durante el “momento” de Krauthamer, desde Occidente se articuló una potente narrativa política con la consiguiente incidencia en las teorías de RR.II que avalaron, el neoliberal institucionalismo o el constructivismo social, preconizando la implantación de un Orden Mundial basado, casi exclusivamente, en criterios que desde el neorrealismo podrían considerarse de base utópica como, entre otros: la moral como norma principal en las RR.II, así como su “democratización”, y la existencia de una sólida “comunidad internacional”, como reflejo del multilateralismo, conceptos que se materializan en las narrativas.

Uno de los episodios que mejor definen el estado de euforia, base de la utopía de la última década del Siglo XX y que tuvo gran difusión fue la de Francis Fukuyama[22] (1989) que, bajo el título hegeliano de “Fin de la Historia” pretendía demostrar que la desaparición de la Unión Soviética y el descrédito del comunismo, suponían el triunfo del liberalismo y de Occidente, y de su establecimiento permanente. Preconizaba una época en que la totalidad de las sociedades evolucionarían hacia la adopción de instituciones democráticas y liberales. En el mundo resultante imperaría la democracia liberal que promovería la cooperación internacional y la economía de mercado, se extendería el Orden Internacional Liberal como Orden Mundial.

En ese ambiente, es cuando una parte importante del ámbito de las ciencias sociales adoptó una perspectiva cosmopolita en la que las Instituciones y la normativa internacional conformarían un nuevo Mundo, lo que no dejaba de ser un ejercicio de determinismo. Según este enfoque todos los seres humanos requieren igual respeto y preocupación, el bienestar humano no vendría definido por la geografía ni por la cultura, las fronteras no deberían determinar la limitación de los derechos ni de las necesidades básicas. La preconizada ausencia de competición internacional se percibió en amplios sectores tanto del ámbito político, en el académico y mediático, como un parón histórico, por el que la geopolítica quedaba preterida siendo reemplazada por la “geoeconomía”[23], que se considera como otra versión de la geopolítica, y que puede contemplarse como una forma nueva de mercantilismo, donde la finalidad de la competición internacional entre estados viene determinada por cuotas de mercado y no por territorios. Tomados en su conjunto, los resultados iniciales pueden considerarse extraordinarios, pero la larga saga de políticos que preconizaban el sistema no estaba preparada para gestionar el éxito.

La globalización crea riqueza deslocalizando la de los centros de los países más ricos hacia los de mano de obra más barata, o lo que es lo mismo, invirtiendo en el exterior antes que en el interior, aumentando la riqueza global. Aunque se ha reducido la desigualdad económica para cientos de millones de seres humanos, un efecto no deseado de esa actividad fue la creación de desigualdades a nivel doméstico con convulsión social y política en los países ricos. Un sentimiento que se extendía era el de agravio cultural a medida que el nuevo ambiente era menos tradicional. Las elites occidentales se concentraron en aumentar los beneficios de la globalización, más que a minimizar los costes y consecuencias indeseables en sus propios países.

El “momento Unipolar”, punto álgido del Orden Liberal, constató su desvanecimiento por la rápida erosión de la hegemonía americana, tras la “fatiga” de más de década y media de guerra, la presión de crisis económicas sistémicas, el florecimiento del nacionalismo como alternativa al globalismo y una extendida pérdida de confianza en las tradicionales clases dirigentes, configuran los síntomas de una mayor introversión o amago de “retrenchment”, y en ese “desorden”, las Potencias tratan de buscar su papel en un nuevo Orden.

El “momento unipolar”, la hegemonía, se explica de múltiples maneras, como Peter Pomerantsev[24] en un artículo publicado en “American Interest” tomaba como referencia la unificación de Alemania y el fin de la Unión Soviética como los acontecimientos que marcan el comienzo de una nueva era que denomina “Edad del Flujo”. Su punto de vista del cambio lo basa en un derrumbe de las ideologías en uso durante la Guerra Fría y la nueva creencia en grandes ideas de progreso. El comunismo fue el primero en caer y allá por el comienzo de los 90 empezó, menos aparatosamente, el capitalismo que se concretó en la crisis financiera de 2007. Pomerantsev describe como el futuro llegó a Rusia primero de forma brusca y dura, en Occidente fue más suave, pero actualmente se pueden percibir todas sus negativas consecuencias. Se refiere a la creación del “putismo” y a la aparición de los “populismos” en la UE. Se abría un escenario tanto de tragedias como de nuevas posibilidades.

El denominado Orden Liberal que se estableció a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, tal como se ha conocido, da muestra de haber llegado a su final como meta de valor universal, debido tanto a la presión de dinámicas exógenas como endógenas a su ámbito. Desde ciertos ámbitos académicos se considera que tras la Postguerra Fría regresó la Geopolítica cuando, en realidad, siempre había estado presente, las apariencias incitan al error. Es constante histórica que cada hegemón se cree el definitivo. Las potencias progresan, compiten con otras, vencen o retroceden y, de esa dinámica se conforma la situación mundial.

Las nuevas dinámicas proceden de la ambición de Grandes Potencias, y otras de tamaño medio, de buscar otras relaciones lo que altera el Orden existente. Esta circunstancia ya quedó explicitada en la Conferencia de Seguridad de Munich de Febrero de 2017. En ella, el Ministro de Exteriores ruso Sergei Larov expuso: “Si quieren llamarle Mundo post-Occidental, llámenlo cuando cada país, basado en su soberanía dentro de las reglas de la Ley Internacional, compita para encontrar un equilibrio entre su interés nacional y aquellos de los partners”. Añadió que las relaciones que Moscú quería construir con Washington serían “guiadas por el pragmatismo, el respeto mutuo y la conciencia de nuestra responsabilidad por la estabilidad global”: En un tono similar el Ministro de Exteriores Iraní Mohammad Javad Zarif señaló que. “en un mundo donde los actores de la seguridad se han multiplicado y donde los actores no estatales han ganado un significativo, aunque principalmente negativo, en el ámbito de la seguridad global, una única Potencia, sea cual sea su desproporcionado poder, o incluso un concierto de grandes potencias, pueden solucionar problemas globales o regionales, excluyendo a otros”. 

La mutación geopolítica tas el Orden Bipolar

En los orígenes de la Guerra Fría, los aliados europeos de la OTAN se consideraban vecinos fraternales bajo la égida de los Estados Unidos frente a la URSS. La Alianza funcionó porque Washington tenía un interés vital: que la URSS y el comunismo no se instasen en Europa Occidental. La Defensa Colectiva se designó para proporcionar espacio y tiempo para permitir el refuerzo desde Estados Unidos o el empleo de sus armas nucleares contra las más potentes fuerzas soviéticas. A partir de ese momento había que adaptarse a nuevas funciones.

El fin de la Guerra Fría supuso un cambio de la situación geopolítica mundial, en general, y de la europea en particular, un tiempo de mutación en constante “flujo”. La denominación Posguerra Fría, inicialmente orientada hacia Europa, se impuso para denominar el periodo global que se abría con la reunificación de Alemania y la desaparición de la Unión Soviética. A esta época, así denominada, se le ha intentado poner fin habilitando para ello algún acontecimiento como han sido los ataques a Estado Unidos el 11 de Septiembre de 2001 o la Guerra de Ucrania en 2014, pero a falta de criterio generalizado y con fines de sistematización para estudio se considerarán tres periodos de Posguerra Fría. El Primero desde el final de la Guerra Fría hasta el 11-S, el Segundo hasta la adhesión de Crimea por Rusia que da paso al Tercero o presente.

Aunque las percepciones pueden llevar a la conclusión de que el denominado Orden Bipolar o Guerra Fría desapareció de manera brusca, tuvo su tiempo de “decadencia”, que chocaba frontalmente contra los esquemas mentales preestablecidos, por lo que no se planteó, de antemano, una solución viable al posible desenlace de su final. Ya los años 70 fueron tiempos de movimientos antibelicistas en Occidente, en 1967 se había emitido el último Consejo Estratégico OTAN y, posteriormente en 1975, el Canciller Willy Brant recibió el Premio Nobel de la Paz por predicar la distensión con el Bloque del Este, la Ostpolitik, la Política del Este. La llegada de Gorvachev en 1985, como Secretario General del Partido Comunista de la URSS, significó un cambio profundo en la política soviética que evolucionó hacia la disgregación de la Unión, impulsado por movimientos secesionista, principalmente en Ucrania.

Lo brusco del fin del Orden Bipolar fue su “símbolo” percibido: “la caída del muro”, que configuró un escenario de “vencedores y vencidos”, que sirvió de catalizador para el “flujo” de acontecimientos que vinieron a continuación, dando entrada al Primer Periodo. La desaparición de la Unión Soviética, a finales de 1991, trajo como consecuencia la ruptura de lazos entre los estados “satélites”, con la disolución del Pacto de Varsovia y la independencia de algunas de las Repúblicas de la antigua URSS.

Del lado de los “vencedores”, en suelo europeo permanecía la impronta estadounidense en la OTAN y, por otro lado, el 17 de febrero de 1992, a tres meses escasos de que se disolviese la URSS, se firmaba el Tratado de Maastricht para la creación de la Unión Europea (UE), que entraría en vigor el 1 de noviembre de 1993. Cuando se implantó, por el Tratado de Roma en 1957, la Comunidad Económica Europea, predecesora de la UE, la narrativa al uso era la integración económica, reforzar la democracia y olvidar el enfrentamiento bélico. Se pretendía un proyecto de integración europea libre de los factores que se estimaban como causas de la inestabilidad pasada: autoritarismo, nacionalismo y populismo, la idea era que la interdependencia, cooperación e integración lograrían la democracia liberal. La UE significaba, en su origen, un “nuevo proyecto”, con una vocación de integración económica y “cada vez más estrecha”, pero concebidas para las condiciones de la Europa Occidental durante el Periodo Bipolar. Desde el final de la Guerra Fría se fue imponiendo lo que podía considerarse una nueva ideología relacionada con el multilateralismo, basada en el “soft power” y en la interdependencia institucional, Algo que serviría de modelo de las decisiones del futuro de las relaciones internacionales, lo que Mark Leonard denominó el “modelo del Siglo XXI”.

La “solución” que se adoptó para la Europa de la Posguerra Fría, a lo que en palabras de Putin fue “un cataclismo geopolítico”, consistió en la integración de los miembros del antiguo Pacto de Varsovia y la Repúblicas Bálticas en las instituciones occidentales, OTAN y en la UE, algo que nunca fue admitido por Moscú. La toma de esas decisiones, las ampliaciones, sin finalidad estratégica concreta, conforman una secuencia compleja en la que se abandonaron paradigmas de la Guerra Fría y se adoptaron conceptos desde una base puramente teórica tales como la ampliación del concepto de Seguridad o la promulgación de criterios de comportamiento denominados valores. El cambio, que al principio se consideró como sólo una adaptación del Orden Mundial desde la Bipolaridad a una Hegemonía, era en realidad una situación en continuo cambio que iba a ir produciendo efectos imprevistos como fue la mutación de ambas organizaciones.

Hechos inesperados como la guerra en la antigua Yugoslavia, que era el primer conflicto armado en territorio europeo desde la Segunda Guerra Mundial, venían a demostrar la diferencia de la situación geopolítica europea. La actuación de Alemania, en contra del resto de los países de la UE, reconociendo a Croacia y Eslovenia impidió una solución de reunificación, el hecho demostró la conducta de liderazgo alemana y la prioridad de sus intereses nacionales sobre sus socios. La guerra tras el fracaso rotundo de la UE y la ONU requirió, por primera vez en su historia, la intervención militar de la OTAN, llegándose a la partición de Yugoslavia en varios estados y desgajando Kosovo de Serbia, a pesar de la oposición de Moscú.

En Asia, durante el Primer Periodo de la Posguerra Fría se caracterizó por el dominio militar y económico pero apoyando la “globalización”, lo que conformaba una hegemonía mundial benigna que permitió a los chinos convertirse en Gran Potencia económica pero no militar. Japón se replegó a su espacio en una actitud antibelicista. Corea del Norte seguía siendo una anomalía. En Oriente Medio, el Primer Periodo vino marcado por la contención de Saddam Hussein tras la invasión de Kuwait y controlándolo posteriormente con medidas económicas y militares, aunque Irak siguió sirviendo de contención a Irán. Tanto Europa como China adoptaron una actitud similar de la Posguerra Fría. Estimaban que las cuestiones geopolíticas e incluso de política doméstica podían ser ignoradas. Ambos actuaban como si se hubiese entrado en un periodo de permanente prosperidad económica. Hacia la mitad del periodo se percibió un cambio en la actitud china y comenzó su rearme militar y el diseño de una zona de influencia. La continuidad de ese proceso, durante las dos últimas décadas, ha configurado a China, ya durante el Segundo Periodo, como una potencia naval hasta el punto de acabar con la unipolaridad militar americana en la zona y el establecimiento de su propia esfera de influencia en el Mar de la China. En la zona asiática, Japón ha identificado la amenaza china, ha salido de su aislamiento, adoptado el nacionalismo y comenzado el rearme.

Las invasiones estadounidenses de Afganistán (2001) y de Irak (2003) como consecuencia de los ataques del 11-S, la falta de solución militar y la eternización de los conflictos, marcan el comienzo del Segundo Periodo. La carencia de estrategias claras y duraderas como consecuencia de las diferencias de actuación de los presidentes Bush y Obama tuvieron como consecuencias el deterioró de la credibilidad americana en la zona y permitió aumentar la influencia iraní en Irak. No obstante, en el ámbito marítimo y aéreo, Estados Unidos mantenía su supremacía como lo demuestra la apertura al tráfico de los “global commons”, sobre todo el tránsito de crudo sin ser afectados por las operaciones terrestres.

La salida en 2011 de las fuerzas norteamericanas de Irak, la carencia de claras estrategias en Afganistán y las situaciones en Siria, Libia y Yemen, influyeron negativamente en la percepción e influencia americanas en la zona y, a nivel global, un debilitamiento por fatiga de la Gran Potencia americana. La denominada “Primavera Árabe” aumentó la anarquía en la región, a medida que la capacidad norteamericana de influencia disminuía. La Guerra de Libia fue un fracaso occidental, tuvo como consecuencias la desaparición del estado libio, el descrédito de la intervención anglo – francesa y abrió una profunda crisis en la OTAN por la oposición alemana a la intervención. La huella más honda de la “Primavera” es la Guerra de Siria, que desde 2011 actúa como uno de los catalizadores de la inestabilidad mundial con la intervención de Irán y más, desde la renuncia estadounidense a intervenir en 2013, tras el empleo de gas en un ataque de las fuerzas gubernamentales contra los rebeldes.

La retirada americana de Irak dejo a un estado débil influido profundamente por Irán lo que ahondaba la competición entre chiíes y suníes. Junto a ello, la situación en Siria con la intervención de Irán y Turquía, configuró un continuum con Irak que dio pie a la formación del denominado Estado Islámico de Irak y Siria (ISIL), organización político militar suní, sponsor de la actuación terrorista internacional, que se hizo con un amplio territorio iraquí y sirio, declarando el Califato y estableciendo su capital en Mosul. Todo ello provocó que Estados Unidos volviese a encabezar una Coalición Internacional para combatir al ISIL.

En Europa, la situación del Segundo Periodo cambió hacia el final de la primera década del Siglo XXI con el advenimiento de la crisis fiscal de la UE. La percepción de la situación fue meramente económica ya que, por pura ideología, la geopolítica permanece ausente de los asuntos europeos. La crisis dejó una UE asimétrica, redujo el compromiso de los nuevos miembros de Europa Central y Oriental y alzó a Alemania como un hegemón geoeconómico imponiendo su criterio en cuanto a la gestión financiera de la crisis, que tuvo importantes consecuencias políticas y sociales en muchos de los países del euro.

Estas circunstancias permitieron a una resurgida Rusia recobrar influencia mediante el “juego” geopolítico con los oleoductos que abastecían la Europa del Este. En estas circunstancias, las ansias expansionistas de la UE hacia el Este, carentes de la más elemental de las prudencias geopolíticas, chocaron con la concepción estratégica rusa de reconstituir su zona de influencia y construir un buffer entre la UE y Moscú. El “vecindario” del Este dejó de ser benigno cuando Rusia interpretó que no sólo el enlargement de la OTAN era hostil, sino que también la expansión de la UE tenía el mismo carácter. La creación de la denominada Asociación Oriental (Eastern Partnership, EaP) promovida en 2008 por Polonia y Suecia, materializó una iniciativa de la UE para establecer relaciones con los estados post-soviéticos de Azerbaiyán, Armenia, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania, como marco para acuerdos tales como comercio, visados, economía, etc. Esta iniciativa fue el detonante definitivo para el cambio de la visión rusa de la UE desde el prisma de la desconfianza al de abierta hostilidad, pues en el contexto de la crítica situación en Georgia y Ucrania y la independencia de Kosovo, el EaP fue percibido por Moscú como una preparación para la integración de aquellos estados en la UE, ya que la estructura genérica de los Acuerdos de Integración con la UE implicaba una asimilación del acquis communitaire por parte de los candidatos a la EaP.

La importancia de la región asiática en la zona del Pacífico era muy importante para Estados Unidos llevo al Presidente Obama a anunciar un reajuste del centro de gravedad de los intereses estadunidenses en el mundo desde Europa y Oriente Medio hacia Asia Oriental. Las relaciones Estados Unidos y Asia se habían incrementado en los años anteriores, sobre todo dado el crecimiento económico con Asia, este proyecto se conoció como “Pivot to Asia”. Independientemente de su materialización, el hecho significa el reconocimiento de una nueva distribución del poder mundial. Teniendo en cuenta el “fracaso” de la Guerra de Irak, llevó a la administración Obama a un gesto que indicase que la línea de actuación del Presidente Bush en Oriente Medio para su democratización como freno al terrorismo se había acabado. Actualmente, la Zona de Influencia china en Asia se considera el centro de gravedad de la estrategia estadounidense.

Si se admite un Tercer Periodo, se puede fijar su comienzo a principios de 2014 en la adhesión rusa de Crimea como resultados de tensiones y disputas entre Rusia y Ucrania. El hecho marcaba un cambio de status geopolítico en la zona que tenía su antecedente es la Guerra de Georgia en verano de 2008. La estrategia de Putin se basaba en la debilidad de las instituciones internacionales, europeas y de la OTAN. Esto quedó demostrado en las reacciones, el Consejo de Seguridad de la ONU quedó bloqueado por el veto ruso, la UE optó por las sanciones económicas. La guerra en Ucrania fue un hecho en la región de Dombass.

La acción rusa en Ucrania creó alarma en los países de Europa Central y los del Este, volviéndose hacia la OTAN para obtener seguridad. Las medidas de la Cumbre de Gales en Abril modificaron sustancialmente la postura militar de la Organización que pasó a posicionarse defensivamente contra cualquier amenaza procedente de Rusia, pero la situación puso de manifiesto el deterioro del Vínculo Trasatlántico. Moscú solo reconoció como interlocutores a Estados Unidos y en Europa a Berlín y, subsidiariamente, a París.

La Guerra de Siria entraba en su cuarto año cuando tropas rusas fueron desplegadas en su territorio e intervinieron en el conflicto, lo que creaba una situación de “relación” variable de Moscú con Ankara y alteraba la relación de fuerzas en Oriente Medio, dando un giro crucial hacia el conflicto sirio. Hay que tener presente que Siria está en la frontera del Área OTAN, con lo que se proyecta la alargada sombra de una situación Artículo 5.

El 2 de abril de 2015, en Lausana, Suiza, después de una semana de reuniones y dos días después de la fecha límite para alcanzar un acuerdo preliminar, las negociaciones entre el Grupo 5 + 1 (Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania) e Irán llegaron a un acuerdo preliminar destinado a disminuir drásticamente el enriquecimiento de uranio de Irán para impedir que obtenga armas nucleares y, a cambio, el fin de las sanciones contra este país. Dicho acuerdo tendría que obtener conclusiones definitivas en 30 de junio de 2015. El 15 de julio de 2015, el grupo (g-5+1) e Irán, alcanzan en Viena, Austria, un histórico acuerdo nuclear que pone fin a más de 15 años de disputas. Este acuerdo es importante desde diversos puntos de vista, en primer lugar su fragilidad por diversos aspectos y el hecho de que los firmantes del acuerdo sean potencias nucleares, del Consejo de Seguridad, pero no en ese formato; la adición de Alemania estaba motivada por ser el proveedor de material nuclear a Irán hacía años. Aunque el acuerdo, con el rechazo de Israel fue refrendado por la ONU, la manera de producirse apunta a un deterioro claro de la organización internacional y el juego autónomo de las Grandes Potencias. Este acuerdo ha sido denunciado en 2018 por Estados Unidos.

En Junio de 2016 el Reino Unido decide en referéndum salir de la UE, la convulsión es enorme y agrava la situación del “proyecto europeo”. La acción británica supone una gran alteración geopolítica en Europa en todos los aspectos y cuyos efectos están por ver. La UE reaccionó, entre otros aspectos, emitiendo la Estrategia Global de la UE, con la pretensión de convertir en el futuro a “Europa” en un actor estratégico para lo que trata de obtener autonomía estratégica, entre otros medios mediante el establecimiento de una nueva Defensa Europea, para ello, entre otros aspectos tendrán que “acomodar” las diferencias de visiones estratégicas franco-alemanas. Las relaciones OTAN-UE se presenta como un “desiderátum” difícil de materializar. La defensa del espacio europeo, que tantas veces se ha dado otorgado sine die, sigue dependiendo, de una u otra manera, de los Estados Unidos, en una situación de “asedio” por inestabilidades geopoliticas.

La llegada a Estados Unidos de la administración Trump ha supuesto un revulsivo sobre las expectativas de la situación internacional, creando incertidumbres en cuanto a los acuerdos internacionales sobre comercio, restricciones a la emigración y una nueva visión del contexto estratégico mundial, no rehuyendo enfrentamientos con aliados. Esta situación, queda recogida en la National Security Strategy of the United States (NSS)[25] de Diciembre de 2017 al definir el contexto geopolítico como de “competición de grandes potencias”, identificando a China y Rusia, lo que se puede tomar como base para inferir un nuevo Orden Mundial. Su carácter unilateral queda reconocido en su párrafo introductorio: “La Estrategia comienza con la determinación de proteger al pueblo americano, su modo de vida y el interés. Los americanos desde hace tiempo se han dado cuenta de los beneficios de un mundo intercontinectado, donde la información y comercio fluyan libremente. Sin embargo, integrarse en este mundo no significa que los Estados Unidos abandonen sus derechos y deberes como estado soberano o comprometer su seguridad. La apertura también impone costes, porque los adversarios se aprovechan de nuestro sistema democrático y libre para dañar a los Estados Unidos”.

A las consideraciones geopolíticas hay que añadir durante los dos últimos Periodos, el advenimiento de nuevas tecnologías desarrolladas, procesos y modelos de negocio que, cuando se desarrollen, pueden alterar el comercio mundial. Aspectos tales como la impresión 3D, vehículos autónomos, el internet de las cosas, nuevos materiales y economía compartida y robótica avanzada, es lo que Klaus Schwab denomina megatendencias que conformarán lo que denomina la Cuarta Revolución Industrial.[26]

No se conoce todavía el empleo concreto de esas tecnologías y que hasta donde abrirán horizontes. Por otra parte, la Inteligencia Artificial (IA), genética y computación quántica se desarrollan con rapidez. La integración de todos estos aspectos tecnológicos producirá efectos disruptivos en todos los ámbitos. Este fenómeno ya ocurrió en previas Revoluciones Industriales, lo que augura que estamos en los albores de una nueva. Como en anteriores procesos, los actores que se impliquen en las fases tempranas del proceso obtendrán grandes ventajas, mientras aquellos que se mantengan en las prácticas y tecnologías tradicionales quedarán obsoletos. Esta situación puede cambiar el comercio mundial y desestabilizar el mundo radicalmente. En esta situación, China y Estados Unidos lideran una carrera tecnológica que, sin duda, tendrá un gran impacto geopolítico.

La incógnita del Nuevo Orden

Tras exponer el desarrollo de la Era de la Guerra Fría, un “flujo” en constante transformación, es valioso contar con la visión oficial del contexto estratégico mundial del hegemón, como referencia importante para el desarrollo futuro. En el resumen de la National Defence Strategy de 2018[27], se recoge que:

  • Se emerge de un periodo de atrofia estratégica, la Posguerra Fría que ha puesto de manifiesto la erosión de la ventaja militar americana.
  • El declive del largo periodo de Orden internacional normativo, ha llevado al desorden internacional, creando un contexto de seguridad complejo y volátil, sin precedentes.
  • El principal problema de seguridad estadounidense es la competición estratégica entre Estados no el terrorismo. China se considera un competidor que utiliza practicas económicas irregulares e intimidando a su vecindario mediante la militarización del Sur del Mar de la China. Rusia ha violado fronteras e intimidado a su vecindario. Irán y Corea del Norte constituyen amenazas para amplias zonas.
  • Este complejo contexto de seguridad se caracteriza por el rápido cambio tecnológico, retos de adversarios en cada “dominio operativo militar” (terrestre, marítimo, aéreo, ciber y espacial) y descenso de disponibilidad de fuerzas, dada la continua implicación en conflictos de los Estados Unidos en los últimos 17 años.

Del contexto se infiere que el mundo de hoy carece de los dos elementos fundamentales de un Orden: “acuerdos admitidos como justos y de la distribución de poder considerada aplicable al mundo entero”

La finalidad tendencial para los Estados Unidos es mantener la hegemonía con alguna modulación. Una bien ejecutada transición de una hegemonía hiperactiva a una implicación global más selectiva sobre intereses vitales, podría contar con la aprobación de gran parte de los aliados. Para las otras Grandes Potencias de la competición geopolítica actual es obtener la hegemonía en sus respectivas regiones, que podría derivar en varios Órdenes Internacionales. Las potencias que parecen más activas son Rusia y, sobre todo China, dado su relativo poder militar y político definiendo ámbitos de influencia, junto con la evidente apariencia de voluntad de emplearlo, que las convierten en actores estratégicos y la importancia de su actuación se deriva de que las regiones donde buscan hegemonía, Europa y Asia, históricamente han sido importantes para la estabilidad global. A un nivel inferior pero significativo, Irán trata de ser el hegemón regional en Oriente Medio, región de gran importancia económica, política y estratégica.

Esta competición, paradójicamente, debería alcanzar una “conducta” de colaboración entre las Grandes Potencias que definiría el consecuente “Orden”, colaboración que puede darse en diferentes ámbitos como el político, cultural, económico y militar, pero la competición geopolítica en el aspecto de la seguridad tiene su especial idiosincrasia. En la configuración actual del poder militar, sólo la presencia de Estados Unidos en Europa y Asia podría asegurar el equilibrio de poder global, mediante la explicitación de la intención de aplicar la fuerza militar si se alterase algún statu quo regional.

Consecuencia de lo anterior se presenta la cuestión: ¿es el Orden Mundial algo diferente a la geopolítica? Tras los argumentos expuestos puede llegarse a la conclusión que un Orden Internacional es la conducta de un sistema complejo que alcanza cierto equilibrio, que traducido a términos prácticos es el comportamiento de las potencias que determina una situación geopolítica, de limitado dinamismo fundamentado en un percibido equilibrio. Es una puesta en común de la conducta de sus actores principales: las Grandes Potencias. No es un estado formal de validez universal.

Un Nuevo Orden Mundial, otro sistema de relaciones internacionales, con sus correspondientes Ordenes Internacionales, está en vías de configuración, se trata de un proceso esencialmente dinámico debido a causas endógenas y no exento de peligros, quizás el reto principal resida en configurar un novedoso equilibrio de poder que, en el tiempo presente, se traduce en conseguir una estabilidad estratégica internacional que puede configurarse mediante una disuasión militar multilateral, a diferencia del Orden de la Guerra Fría en que esa disuasión era bilateral.

[1] RIDLEY. MattThe evolution of everything” Harper Collins 2015.

[2] TALEB, Nassim. The Black Sawn. Penguin Books. London. 2007.

[3] KISSINGER, H. “World Order. Reflections on the Character of the History and the Course of History”. Alen Lane. Pinguin. 2014. P.9.

[4] Un sistema está constituido por la interconexión de un conjunto de elementos organizados con la coherencia necesaria para conseguir un fin concreto, por lo tanto consiste de tres componentes: elementos, interconexiones y una función o propósito, también llamada conducta.  Los sistemas pueden formar parte de otros sistemas.

[5] HILL, Charles. “Trial of a Thousand Years”. Hoover Institution Press. Standford California 2011. Pg 31.

[6] RIDLEY, Matt. “The evolution of everything”. Harper Collins Publishers 2015. Pag 3:

[7] KAPLAN, R. D. The Revenge of Geography: What the Map Tells Us About Coming Conflicts and the Battle Against Fate. Random House. 2012. Pag. 60.

[8] AGNEW, J.Geopolitics: re-visioning world politics”, Londres,  Routledge. 1998.

[9] GRAY, C. “Geopolitics and Deterrence”. National Institute for Public Policy , Fairfax , Virginia , USA. Sep 2012.

[10] ÓTAUTHAIL, G.  “Critical Geopolitics”, Londres, Routledge. 1996

[11] Se emplea el término sistema complejo como aquel compuesto de elementos interactivos. La interacción de esos elementos genera un modelo de conducta en el conjunto del sistema.

[12] BOYER, LarryThe Analytics Revolution Is Here. Is Your Career Ready?”. Success Rockets,  November 2014

[13] Se distingue la tecnología física, aquella normalmente conocida por técnicas de manufactura, ingenios mecánicos o microchips, de la tecnología social, aquella que contempla la forma de organizar a la población para alcanzar ciertos fines.

[14] KAPLAN, Robert. The Return of Marco Polo´s World and the US Military Response. Center for New American Security. Mayo 2017

[15] KING, Mervin. “The End of Alchemy: Money, Banking, and the Future of the Global Economy“. Litlle, Brown, Brook Group. 2016.

[16] STANDING, Guy. “The Precariat. The new dangerous class”. https://www.hse.ru/data/2013/01/28/1304836059/Standing.%20The_Precariat__The_New_Dangerous_Class__-Bloomsbury_USA(2011).pdf. Pag 6.

[17] GINTIS, A. “The Third Way and its Critics”. Cambridge UK 2001.

[18] MCINTIRE, Lee. “Post-Truth”. Massachusetts Institute of Technologiy. 2018.

[19] WALTZ. Kenneth N. Theory of International Politics (New York: McGraw-Hill, 1978): p 162.

[20] KRAUTHAMMER, Charles. “The Unipolar Moment”. Foreign Affairs. 18 Septiembre 1990.

[21] WOHLFORTH, William C. “The Stability of a Unipolar World” International Security, Vol. 24, No. I (Summer 1999), pp. 5-41. 1999.

[22] FUKUYAMA, Francis., The End of History? The National Interest, Summer 1989

[23] Desarrollada por Edward Luttwak, economista y consultor estadounidense y por Pascal Lorot, economista y científico social francés.

[24] POMERANTSEV, Peter. The Age of Flux. The National Interest, 18 Jul 2018

[25] https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2017/12/NSS-Final-12-18-2017-0905.pdf

[26] SCHWAB, Klaus. “The Fourth Industrial Revolution”. World Economic Forum. 2016

[27] https://dod.defense.gov/Portals/1/Documents/pubs/2018-National-Defense-Strategy-Summary.pdf

Share This Post

Post Navigation