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Panorama latinoamericano en 2020

Análisis 5 /2020

 

Dr. Rogelio Núñez

 

Desde un punto de vista electoral el año 2020 es, para América Latina, un periodo puente entre dos grandes ciclos cargados de citas ante las urnas. El que se desarrolló entre 2017 y 2019 (15 elecciones presidenciales –si bien las bolivianas fueron finalmente anuladas) y el que tendrá lugar entre 2021 y 2024. De todas formas, este 2020, que parecía tan solo hace unos meses como un año casi sin elecciones, va tener más intensidad y carga de la prevista. Hasta septiembre solo estaban contemplados comicios presidenciales en la República Dominicana y unas legislativas en Venezuela. El resto eran comicios de carácter local (municipales o a gobernador). Tres son las características que presentará 2020 desde un punto de vista político-electoral para la región latinoamericana:

 

1-. Nuevo año de intensidad electoral elevada

2020 se presentaba hace unos meses como un año casi sin citas después de 3 años muy intensos, entre 2017 y 2019 con 15 elecciones. Solo estaba previsto unas elecciones presidenciales, en la República Dominicana, y unas legislativas en Venezuela y el resto eran comicios locales. Sin embargo, los sucesos ocurridos entre octubre y diciembre de 2019 han alterado el panorama:

  • Ya no habrá una sola elección presidencial en 2020 sino dos. Bolivia se unió el 25 de noviembre a República Dominicana tras anularse los comicios del pasado 10 de noviembre.
  • Habrá un referéndum en Chile donde el 15 de noviembre se convocó esta consulta para decidir si se reúne una Convención Constituyente y cómo quedará conformada la misma.
  • En Perú ya ha habido elecciones legislativas tras decretar el presidente Martín Vizcarra el pasado 30 de septiembre el cierre del Congreso.
  • Además, habrá elecciones a gobernadores en México y municipales en Chile, República Dominicana, México, Uruguay y Costa Rica.

 

Elecciones en 2020 en América Latina

Elecciones Presidenciales

  • Bolivia (3 de mayo)
  • República Dominicana (17 de mayo)

Referéndum

  • Chile (26 de abril)

Elecciones legislativas

  • Perú (26 de enero)
  • Chile (a constituyentes en octubre si se ratifique en el referéndum de abril)
  • Venezuela (6 de diciembre)

Elecciones locales

  • Brasil
  • Chile
  • México
  • República Dominicana
  • Uruguay
  • Costa Rica

 

2-. Persistencia de la parálisis reformista

Uno de los principales problemas que ha padecido la región desde el fin de la bonanza de la Década Dorada (2003-2013) ha sido la ausencia de reformas estructurales que prepararan a la región para afrontar los retos de la adaptación al cambio de matriz productiva mundial. Si la propia bonanza desincentivó ese tipo de transformaciones, luego la creencia de que se trataba de una desaceleración pasajera (2013-2017) o el intenso ciclo electoral (2017-2019) obstaculizaron la puesta en marcha de procesos reformistas.

Que el proceso electoral continúe y que conviva con el actual periodo de incertidumbre e inestabilidad no favorece la puesta en marcha de medidas de reformas estructural: las movilizaciones han paralizado el ajuste en Ecuador y en Chile o Colombia la reforma constitucional ha pasado a un primer plano desplazando a las reformas planteadas por el gobierno.  

Patricio Navia apunta que “uno de los legados más dañinos del estallido social que se inició hace casi dos meses en Chile es la convicción de que los proyectos de país que ganaron las elecciones en las urnas pueden ser revertidos con movilización en las calles. Si una coalición política gana legítimamente una elección, su capacidad para implementar su programa de gobierno va a depender de la capacidad de bloqueo y obstrucción que tenga la oposición”.

La región se ha vuelto mucho más inestable debido a problemas antiguos no resueltos que se han ido acumulando y agravando (la corrupción, la inequidad o un progreso que no llega a todos a la misma velocidad). Lo más probable es que la oleada del estallido social siga en América Latina en 2020.

 

3-. Continuidad de la dinámica político-electoral

2020 va a suponer una continuidad en cuanto a la dinámica político-electoral que vive la región. América Latina vive tiempos de protestas, movilizaciones y castigo a los gobiernos de turno. Un castigo que se da en las calles (por ejemplo, con más de un millón de personas saliendo a las calles de Santiago para mostrar su rechazo a la gestión de Sebastián Piñera) o en las urnas, tal y como se ha puesto en evidencia en las últimas elecciones presidenciales en Argentina y Uruguay y en las locales en Colombia.

Porque si algo une a estas tres citas es que los diferentes oficialismos recibieron duros castigos. En lo que va de año 2019 en todas las citas electorales en América Latina –salvo en las controvertidas y finalmente anuladas bolivianas del 20 de octubre, ha vencido la oposición: empezó en El Salvador con Nayib Bukele, siguió en Panamá con Laurentino Cortizo y en Guatemala con Alejandro Giammettei y ahora en Argentina y Colombia y con muchas opciones en Uruguay.

 

Tiempo propicio para las oposiciones

La oposición boliviana pese a ir dividida es favorita dado que el MAS no tiene como candidato a su líder, Evo Morales. Si bien el masismo, en el poder entre 2006 y 2019, tiene un voto fiel de entorno al 35% llega a estos comicios muy debilitado. En República Dominicana el PLD en el poder desde 2004 acude desgastado (16 años en el poder), sin sus grandes referentes históricos como presidenciables (Leonel Fernández y Danilo Medina) y dividido ya que los seguidores de Leonel Fernández se han separado del partido, han creado su propia formación y presentan a Leonel Fernández por fuera del PLD que tiene como candidato a un “danilista” de perfil bajo como Gonzalo Castillo.

La fragmentación y el auge de los partidos extremistas va a ser otra de las características del momento electoral. Un ejemplo de ello ha sido lo ocurrido en las legislativas en Perú. Estas elecciones han ratificado algunas de las características que vienen mostrando últimamente los procesos electorales latinoamericanos: elevada fragmentación del sistema de partidos, emergencia de nuevas fuerzas algunas con posiciones ultranacionalistas y fundamentalistas en temas religiosos y como consecuencia de esas dos características dificultad de los gobiernos para alcanzar la gobernabilidad y llegar a amplios acuerdos y consensos transversales interpartidarios para impulsar una agenda de reformas.

En primer lugar, de las legislativas del 26 de enero ha surgido una cámara altamente fragmentada. Frente a un Congreso que en 2016 tenía mayoría absoluta fujimorista, el de 2020-2021 está muy dividido: ningún partido ha superado el 11% de los votos, se ha formado un Congreso con 9-10 bancadas (frente a las 6 que existieron entre 2016 y 2019) y del desplome del fujimorismo han emergido partidos situados en el extremo del espectro partidario e ideológico. En especial, el evangélico Frente Popular Agrícola del Perú (FREPAP) que ha tenido la segunda mejor votación y el ultranacionalista Unión por el Perú, que lidera desde prisión Antauro Humala que ha sido el tercero con más escaños.

Podemos Perú de Daniel Urresti, adalid de la “mano dura”, se ha transformado en otra de las sorpresas de estas elecciones. La posible conformación de bancadas en el nuevo Congreso muestra la extrema fragmentación sobre un Congreso de 130 escaños:

  • Acción Popular: 25 escaños / 10,31%
  • Alianza Para el Progreso: 22 escaños / 8,05%
  • REPAP: 15 escaños / 8,26%
  • Fuerza Popular: 15 escaños / 7,24%
  • Unión Por el Perú: 13 escaños / 6,91%
  • Somos Perú: 11 escaños / 6,07%
  • Podemos Perú: 11 escaños / 8,07%
  • Frente Amplio: 9 escaños / 6,22%
  • Partido Morado: 9 escaños / 7,40%

En segundo lugar, estos comicios se han convertido en una herramienta de voto de castigo a los oficialismos (en este caso a quienes detentaban la mayoría en el anterior legislativo, la alianza entre el fujimorismo y el aprismo). Y lo han sido por una doble causa: por no haber sido capaces de alcanzar la gobernabilidad conduciendo al país a una larga, improductiva y desgastante pugna institucional y por los vínculos de esas dos fuerzas con los casos de corrupción. El fujimorismo y sus aliados –el APRA- fueron los grandes perdedores de la cita: el aprismo se quedó fuera del legislativo por primera vez en 66 años y el fujimorismo perdió un 70% de sus escaños. Además, otro partido histórico (el Partido Popular Cristiano) también quedó fuera del legislativo.

Y en tercer lugar estos resultados siguen haciendo compleja la gobernabilidad en Perú porque los teóricos aliados del presidente Vizcarra para impulsar la agenda de cambios y reformas han logrado bancadas poco numerosas y se hallan muy divididos. Estos resultados han sido una decepción para el Partido Morado, liderado por Julio Guzmán y con aspiraciones presidenciales, que apuntaba a convertirse en la fuerza en la que se apoyara el presidente Martín Vizcarra. En esa lucha por el voto de centro mejor le ha ido al centroderechista Acción Popular, una fuerza muy dividida internamente pero que se ha convertido en la primera minoría en el Legislativo y a la Alianza para el Progreso del también presidenciable César Acuña. Incluso en ese espacio ha renacido Somos Perú, un partido nacido en los 90 pero que llevaba dos largos decenios de travesía del desierto.

Como señala el analista peruano Augusto Álvarez Rodrich todo apunta a que no habrá reformas estructurales por falta de voluntad política en unos casos y de carencia de fortaleza de los gobiernos en otros. The Economist dice que “quizás más presidentes deben imitar a su colega peruano Martín Vizcarra, quien en veinte meses en el cargo ha evadido la toma de decisiones impopulares, como aprobar un proyecto minero. Y a la cabeza de una ola de enojo con lo políticos, disolvió un congreso obstruccionista”. La revista británica recuerda que Martín Vizcarra es uno de los cuatro presidentes de Latinoamérica con aprobación superior a 50%, y concluye que “los gestos complacientes con la tribuna pueden tranquilizar a las calles, pero solo posponen el descontento, no lo disminuyen”. O sea, el beneficio de jugar ‘al muertito’”.

 

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Dr. Rogelio Núñez, investigador senior asociado del Real Instituto Elcano. Doctor en Historia Contemporánea de América Latina por el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset (Universidad Complutense de Madrid). Es director del Centro de Estudios España-Cuba “Félix Varela” del Instituto de Política Internacional.

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